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sábado, noviembre 01, 2008

El juez y el láudano

Alterado elevo el informe número 700 – aunque podría ser cualquier número, uno indefinido y abstracto- a cualquier liga que quiera leer:


Primer principio:

Estaba frente a un juez obtuso, indirectamente me ofreció una sustancia alucinógena, dije que no. Empezó la frase de esta manera:- La figura de la semblanza en el tarot muestra a una mujer sosteniendo dos copas, una azul, la otra roja...-

Rápidamente me fijé en mi bolsillo: mi pequeña, antigua y auxiliadora botella de láudano se mantenía intacta. Estaba intacta.

El juez repitió solemnemente:- En esta persona TODO ES LEGAL... TODO ES LEGAL-.

Extasiado intentaba mantener mi mandíbula quieta, se movía, chisporroteaba hacia los lados, mi cognición intentaba decir una frase digna de angustia lacaniana general.

Mi botella, en el bolsillo, se pasaba de dedo en dedo. El juez repetía infamias, no se comprendía bien lo que quería decir.

Apareció un testigo. No abrió la puerta ni nada, apareció solamente como aparece una ventana en este relato que daba a una ciudad en ruinas, toda oxidada y macilenta.

El testigo lloraba por un amor platónico que desapareció, se escuchaba a lo lejos “rayos y centellas” y una voz chillona que reía. En un rincón un gnomo salía del closet, veía lo real y se metamorfoseaba en macho dominante.

El juez repitió:- TODO LEGAL TODO LEGAL...-

Una Venus apareció travestida de agente de policía, cantaba una canción corroída de los ochentas, se le notaba en su piel algo de cacatúa, de microespecie maloliente.


Segundo principio:

El láudano sinestésico entraba en mis entrañas. Empezaba la contracción del espacio. La jugada era simple pero visceral.

El juez tiraba el tarot, empezaba a describir el loco. Una serpiente se desprendía de su cuerpo, una moralina barata. Se escuchaban canciones de iglesias: “Dios es amor, la Biblia lo dice...”. Un judío, que también aparecía como el testigo (en el relato), se cortaba el pene y gritaba “¡Soy feliz!¡Soy feliz!”.

En el piso había millones de profilácticos llenos de parafina, caramelos azules y violetas, tabletas de clonazepam, rivotril, alplax.

Mi cuerpo se tiraba en el piso y empezaba a hacer angelitos. El juez me miraba con cara inquisidora (cara medieval) y gritaba:- ES DEMASIADO LEGAL DEMASIADO LEGAL-

Miraba a mi cuerpo, no me miraba a mí, yo estaba con mi botella de láudano sinestésico en un baño todo pintado con stencils.


Tercer principio:

Interludio fatal. El juez desaparece. Sólo queda la ciudad oxidada y decadente, mi cuerpo anestesiado, yo en un baño con la botella de láudano. Las cartas de tarot están diseminadas por la Plaza Miserere. Un perro destruye lo que queda de las bolsas de basura, rotas anteriormente por los cartoneros.

jueves, mayo 15, 2008

HERRAR ES UMANO

Parecía simple la tarea que le habían dado al empleado M: Era armar un cartelito que diga “errar es humano”. Se la dio su jefa C mientras estaba en un estado de éxtasis benefactor por haber terminado su rompecabezas de 50.000 piezas. Ella trabajaba y se divertía a su manera: con su perro Falucho se reía muchísimo. “¡Mira M cómo mueve la colita!” mientras M llenaba y sellaba una pila de formularios FK-000341-I. Después seguían los FW-000567-U. Esos tenían una pequeña complicación porque en la quinta línea a la derecha había que pegarles un pequeño sticker de color verde esmeralda que decía “en conformidad”. M no entendía mucho pero sabía que ese sticker iba ahí y C siempre se lo recordaba.

M empezó a confeccionar el cartel a eso de las diez de la mañana. Sabía que a las once C le daría unos quince o dieciséis sobres para entregar a sus clientes entonces pensó en retardar la confección. Puso “errar” en el Microsoft Word a eso de las diez y diez de la mañana, agrandó y achicó la letra unas veinticinco veces. A las once menos cuarto puso el “es”, repitió la acción hasta que C lo llamó para darle las encomiendas.

M volvió a las cinco de la tarde. Sabía que en menos de una hora debía quedar el trabajo hecho sino se tendría que quedar más tiempo en el trabajo y como C no paga las horas extras, M nunca quería trabajar de más. Cuando él llegó, C estaba con un bibliorato pasando hojas y hojas. M pensó “ahora se hace la que trabaja” y se fue a sentar a su escritorio. Encendió la computadora, abrió el Word, buscó el archivo “errar es humano”, lo abrió y terminó el cartel en menos de diez minutos. Se lo mostró a C.

C lo miró y se puso rabiosa. M no entendía muy bien por qué. C se sirvió un café, tomó la mitad de un sorbo, se tragó una aspirina y tomó la otra mitad del café. Empezó a caminar de un lado para el otro apretándose el entrecejo con los dedos y diciendo “no puede ser, no puede ser”. Miró a M. Lo contempló en silencio. Le dijo suavemente “ es obvio que si te digo que hagas un cartel que diga “errar es humano” la hache de humano debe ir en la palabra errar, todo el mundo sabe eso”. Agarró el cartel, hizo un bollo y lo tiró al tacho. Siguió hablando: “no puede ser que hace dos años que trabajas acá y no sepas de qué manera quiere la empresa que nosotros trabajemos, acá exigimos prolijidad y hacer los trabajos a conciencia ¿entendes? No podes vivir colgado de una rama todo el día ¿entendes? ¿Sabes qué? Es la última tuya que soporto, no te aguanto más, andate ya. El lunes vení a buscar la liquidación del sueldo. No te quiero ver más”.

M agarró todas sus cosas. Devolvió la lapicera roja, la negra y la azul a C y se fue rápidamente por la puerta. Ese día estaba un poco nublado y M no se sentía triste.

sábado, mayo 10, 2008

Gas

Ahora tenes la sensación de que ese no fuiste vos. Pero lo hiciste. Llevaste la almohada y la pusiste en el horno, prendiste el gas y ese olor agrio que se sintió dulce. Fue como tener sexo por primera vez. Gozabas, gozabas tanto con la imagen de tu cuerpo ahogado, con la cara de tus viejos que después de cuatro días te verían sin vida. Fue el instante. Necesitabas hacerlo para sentirte útil para algo. Ese acto se convirtió en un ritual, en un deporte extremo: todos los días después del trabajo llegabas y te explotabas la cabeza con un poco de gas, "hasta que saltara la primera lágrima" esa era la consigna. Te sentías harto. Tu jefa con ese discursito de prolijidad, de perfección en tiempo y forma como si fuese la salvación para todo ser humano llenar unos formularios de mierda una y otra y otra vez. Tus viejos y ese interés fingido, ese amor eterno e incondicional que siempre fallaba, discursitos berretas de libro de autoayuda, memorias personales, pero nunca nunca nada. El afecto siempre venía después de las notas de la facultad y del alquiler del departamento pago. El "si tan solo" que usabas antes, el momento de iluminación ya te hinchaba las pelotas. Tu razón siempre pedía "Diez horas más", siempre tan correcta, y otra parte de vos, esa que tiene que ver con otros mundos (más improductivos y eficaces) jugaban un ajedrez que sólo se podía descifrar leyendo las instrucciones para escribir un poema de Tzara. Ahí está tu cuerpo, fragmento de lo que pudo ser, Syd Barret del subdesarrollo, Tanguito contemporáneo, a sólo seis cuadras de La Perla del Once, a sólo cinco minutos de la plaza Miserere,ahí estas: muerto en vida actuando el peor papel que te toca, el único que sabes actuar.

miércoles, diciembre 26, 2007

lunes, noviembre 12, 2007

Crónica de cumpleaños

no hay técnica
sólo percepción
percepción es escritura

Niño magenta antes vagaba por los centros infinitos de una biblioteca siniestra. Como monje, buscaba ese libro que le diese EL significado.
Un día, después de tanto buscar, encontró tras de sí un conjunto muy grande de ovejas, cada una tenía su color: había violetas, rojas, amarillas, verdes, azules. Pero no había ni una oveja color cian.
Niño magenta se vistió de niña. Poco a poco, fue difuminando su sexo y su sexo se convirtió en un agujero, un espacio nada, no espacio también.
Parecía ser extramundo. Vagó por la biblioteca. Se dio cuenta de que había que sacar las ovejas afuera e ir mostrándoselas a todo el mundo para que alguien le diga qué era eso que le faltaba.
Muchos le dijeron el blanco, muchos le dijeron el negro. Pero él no quería la falta o el exceso de luz. Quería un color.
Un día, abrió un hueco en la biblioteca. Encontró un mundo amplio. Vio que todos sus habitantes llevaban ovejas, algunos más, algunos menos, pero todos llevaban esas cositas ahí detrás siguiendoles.
-¿ Qué es esto?- preguntó.
-El mundo.- le dijeron.
Y tuvo que conseguir una cueva. Allí juntó a todo la gente que podía invitar, quiso que vinieran todos, los que conocía y los que no. Se mostró magenta y dejó que las ovejas flotaran por su cuevita llenándola de color, entorpeciendo un poco el movimiento, molestando un poco y todas las cosas que pueden hacer unas ovejas sueltas por ahí.
Era tal la confusión que producían que él no podía ver si estaba eso que le faltaba. Entonces se dijo a sí mismo: "tenemos dos ojos y una boca".
Se tomó un refresco y empezó a hablar y las palabras le salían sin cesar y hablaba y miraba para todos todos todos todos lados y era bueno malo feo lindo al mismo tiempo con una increíble velocidad. Estaba mareado y redondeleando. Siendo niñoniña pudo entrever ese colorcito que le faltaba. Era el cian dijo. Me falta un cian, y el cian estaba sentadito ahí. Mirando sin hablar.Callado y alegre. Algo simple en apariencia, pero siempre muy atento y no, no era una oveja, era un niño.
Se fue con el niño cian a bajar y subir ascensores, dejando que las ovejas hicieran lo que quisiesen.

domingo, noviembre 04, 2007

Eclipse

Al bar Eclipse se entra solo. Aparece en el momento en que uno desborda el territorio de su ciudad y abre, en la frontera, un hueco en el aire.
La sala de recepción es un salón muy amplio, con sillones y puffs. Todo en blanco, todo muy minimalista. Al fondo del salón un barman regala pipas narguile con alguna sustancia alucinógena aún no descubierta por el hombre.
A la derecha hay una puerta gigante de color azul con un cartelito de neón verde que reza salida. A la izquierda, un hueco de un metro de largo donde se ve un túnel completamente oscuro que desciende (uno se da cuenta de eso por unas pequeñas luces violetas en el piso).
La recepción es simple: preguntan por el nombre. Uno dice cualquier nombre y entra. En el salón blanco hay muchas personas sentadas que charlan amenamente mientras comen comidas frías y fuman de sus pipas de agua. Uno pide una pipa, un poco de comida y se sienta a esperar. Una chica vestida de negro en rollers le trae a uno lo que pidió. Uno tímidamente le da una propina pero ella dice que es regalo de la casa. Del túnel de la izquierda sale un hombre con todas las ropas desgarradas, escupe sangre. Dos patovicas lo sacan afuera del bar.
Se acerca alguien. Es un adolescente de unos 18 años y dice que uno llegó justo a tiempo. se sienta al lado y comienza a contar historias... simples, tontas. Uno le hace preguntas y él responde no séeeeeee alargando la e y abocinando la voz, después se ríe y sigue contando su historia como si nadie hubiese hecho una pregunta.
Suena un timbre. El barman desaparece por una puertita de servicio. Aparecen dos drag queens, lo abrazan a uno, lo besan y con unos gritos juntan a todas las personas que están en el salón blanco. Son aproximadamente doscientos hombres piensa uno. El cartel verde de neón se apaga.
Los drags empiezan a dar un discurso: Sin ustedes nosotros no seríamos nada y cosas así. De vez en cuanto hacen algún chiste con alguno del público, algún chiste medio pícaro. La gente se ríe y parece estar satisfecha. Uno no tanto.
Las puertas azules se abren lentamente. Se comienza a entrever un pelotero gigante y al fondo una pileta olímpica llena de caramelos, chupetines, chocolates, confites... Todo está lleno de globos, los colores brillan.
Del túnel sale otra persona gritando ¡no puedo más, es demasiado!. Tiene las cuencas de los ojos vacías, está completamente desnudo y su pene está muy colorado, como si estuviese a punto de estallar. Los dos patovicas lo sacan del bar.
Los drags dicen que llegó la hora. El adolescente lo agarra a uno de la mano, le da un beso en el cachete y dice cariñosamente ¿vamos?. Uno tiene miedo. ¿Por qué tanto, tan gratuitamente?
Uno acepta, casi sin saber por qué, y termina en el pelotero gigante teniendo sexo con el chico. Los drags están en una cabina a ocho metros de altura observando todo y pasan música trance. Las camareras en rollers se pasean alrededor de la pileta observando que todo esté bien.
Uno se tira en la pileta y comienza a nadar, de vez en cuando para a comer alguna golosina. Descubre que las golosinas están puestas por sectores: a los cinco metros los chupetines, a los diez los caramelos masticables y así. Cuando uno llega a los cuarenta se da cuenta de que es muy difícil avanzar, el material se volvió denso, pesado. Uno abre un poco la boca, deja entrar líquido y se da cuenta de que es chocolate, chocolate derretido que como arena movediza lo va hundiendo a uno en la parte más profunda de la pileta. Por suerte, una chica con rollers lo saca y le dice a uno que tenga cuidado, que estuvo a punto de irse a las profundidades.

martes, octubre 23, 2007

Boludo

"Soy una isla fuera de mí

vos no salgas a buscarme

Soy una isla fuera de sí

Un gran incendio de vidrios"

Leo García


Muchas veces me sentí un imbécil pero nunca tanto como esta vez. Viste cuando te das cuenta que diste el paso en falso, que fallaste, te apuraste y fallaste y no hay vuelta atrás y tenes que dejar las cosas como estan o apretarlas más hasta que se destruyan por completo. Eso es lo que me pasó el sábado a la noche.

Imaginemos que te invitan a una fiesta de disfraces. Sabes lo que te gustan esas fiestas. Pensas un disfraz inteligente, estrafalario, potente. Y lo planeas bien porque sabes que va a ir el chico que te gusta. Le pedís ropa a tu mejor amiga y te vestís de rosa, te pones unos pines de Miranda!, uno que tiene un corazoncito que en su interior dice "frágil" y te maquillas como Baltimora en el video Tarzan Boy. Pareces todo una marica. Querías parecerte a una chica alternativa pero tus rasgos marcados (sobre todo esa nariz que te regalo tu abuela) se ponen en tu contra. No importa. Ya son las dos de la mañana, no podes decidir cambiar el disfraz, no podes decidir nada porque en el celular ya tenes un mensaje de texto de una amiga que ya está en la fiesta, que está aburrida y que necesita que llegues rápido.

Llamas un remis. El remis tarda media hora. La noche ya empieza algo chueca pero vos no te das cuenta, todavía no te das cuenta. Estas pensando seriamente en el pin que guardaste en el bolsillo izquierdo de tu campera rosa, en cómo te queda la pollera, en los cigarrillos Virginia Slims que compraste para darle una suerte de unidad a tu disfraz. Y ves que algo falla también en tu disfraz. La pollera tiene una marquita de lavandina y un pequeño tajo. Lo ves ahí pero no te importa. Decidís esperar el remis como si nada sucediese aunque ya te fumaste cuatro cigarrillos.

Suena la bocina. Cerras la puerta de tu casa. Subís al auto. El remisero te mira raro. Tratas de poner la voz más masculina posible y decís "a Urquiza 140", el remisero no entiende, te mira por el espejito y no entiende, "a Urquiza 140, es una fiesta de disfraces". ¡No! ¿Por qué tenes que explicarle las cosas al remisero? ¿Qué le vas a decir ahora? ¿Le vas a contar del chico que te gusta? ¿Le vas a contar del pin que guardaste en el bolsillo izquierdo de la camperita rosa? Sos un boludo, empezas a sentirte un poco boludo con esa ropita rosa, con ese make up.

Le pagas. "Tres con cincuenta" te dice, sacas diez, te da el vuelto y salís expulsado del remis. Entrás a la fiesta y te das cuenta que deviniste de nene intelectual del oeste a puto palermero en menos de dos años. Pero el oeste sigue igual. El centro cultural donde entraste (donde es la fiesta) es un galpón lleno de heterosexuales que escuchan Pink Floyd y la banda sonora de Kusturica. No podes más. Tenes ganas de gritar. Tu cara demuestra lo contrario, el pecho lo mantenes como palomita. Y es que lo único que te moviliza es encontrarte con tu amiga, mostrarle el pin, contarle el plan y que ella te diga lo que le parece. Tu amiga no está. Un conocido te avisa que se fue y que dejo dicho que sos muy malo porque llegas siempre tarde. Le preguntas si estaba enojada. Te responden "algo" y te acordas de Lacan, eso de que todos los chistes tienen algo de real. No importa. Decidís enfrentar la situación como pendejo lindo, cool y copado que sos.

Y lo ves sentado en una silla, disfrazado de viejo depresivo, actuando muy bien su disfraz. Te acercas, lo saludas, te dice que fumó mucho porro y que está bajoneado, le preguntas si tiene, te dice que no y le decís que lo acompañas a comprarse algo para bajonear. La respuesta es negativa. Buscas otro plan para sacarlo de ese lugar inmundo, llevarlo a un lugar más solitario y decirle que te gusta. No hay respuesta en tu cabeza. Es demasiado despliegue mental pensar algo cuando tenes puesta una pollerita rosa y hay miles de heteros que te miran con desprecio. Necesitas una cerveza para bajar un cambio.

Una conocida te abraza por la espalda, te exaltas, te quedas hablando con ella. El se va, seguramente despavorido por tu buena onda. Digamos que nunca tenes tanta buena onda. Sos del tipo de persona "saludoysigomirumbo". O capaz ya se dio cuenta de que estas en un día demasiado hormonal, que necesitas un camión de relajantes o un psiquiátrico donde te metan para no ver más la luz. Lo que importa es que con esa conocida te quedas charlando un buen rato, la invitas a tomar una cerveza y le contas el plan. El sigue deambulando por ahí. Lo miras de vez en cuando. No sabes si te mira, no sabes si puede mirar algo en el estado en el que está. Parece un Teletubbie, el dinosaurio Barney. Lo feo es que no canta "me quieres tú y yo a ti". Maldito mercado, maldita oferta, maldita demanda. No importa. No importa. Porque vos tenes que mantener tu postura de pibe lindo, cool y copado. Porque tenes que demostrar que aunque tu disfraz sea el más marica de la noche tenes un mínimo de guarrez adentro. Entonces empezas a bailar una música de esas que escuchan ahora los que tienen rastas. Esa música que tiene muchas trompetas. Quedas como un imbécil, ante él y ante toda la gente. Tus movimientos epilépticos no le caen bien a nadie. Eso tenes que saberlo. Ya vas viendo cómo la noche se va desplomando de a poquito, cómo vas quedando como un boludo o un sacado ante todos los heteros, ante todas las conocidas, pero sobre todo ante la persona que te gusta.

En ese momento frenas. Miras alrededor. No lo ves por ninguna parte. Vas corriendo hasta el baño. Está ocupado. Sale él, cruzas dos palabras al pasar, parece que te retiene, te habla de algo que no tiene mucha importancia pero respondés todo y te hacés el bueno. Te metés al baño, esperás unos segundos adentro y salís. Cuando volves a la pista, ves a tu ex con su nuevo novio, lo saludas indiferente. Todo tiene que parecer normal, habitual, cotidiano. Y sin embargo sabes que no. Sabes que tu ex va a estar mirándote como una víbora para poder exprimir lo peor tuyo, cualquier error, cualquier cosita que hagas va a ser usada en tu contra. Además sabes que a él le encantaría tener algo con ese chico que te gusta, lo sabes y eso te pone más nervioso, más histérico. En fin, representas cada vez más tu disfraz de travesti alternativo.

No podes más. Tenes que darle el pin. Tenes que terminar con todo eso, con las víboras, los teletubbies, los heteros, todo. Te acercas a tu conocida, pedís otra cerveza, te la tomas en tres tragos y le decís "le voy a dar el pin". Ella te dice "relajate, anda tranquilo, no es un pibe fácil". No te importa nada. Ya estás harto. Queres sacarte el disfraz, tirarte en tu cama, ponerte en posición fetal y llorar como un niño. Queres llorar como un niño pero antes tenes que darle el pin. Para eso pagaste tres con cincuenta, para eso te comiste el disgusto de venirte en remis vestido de mujer con el frío de mierda que hace.

Te acercas de nuevo a él. Te da una buena nueva: "me voy". Tu cabeza no puede más. Reacciona rápido, reacciona rápido. Sacas el pin. Se lo pones en el bolsillo derecho de su camperita canguro. Y le decís, tratando de no demostrar tu histeria, tratando de ser la persona más sensual del mundo: "es un regalito". El efecto es patético. Te mira con cara de nada, como un zombie. Seguramente pusiste cara de enfermo sexual, estas seguro de que pusiste cara de enfermo sexual y te da vergüenza. No importa. Hay que seguir. Ya lo tiene en el bolsillo. Falta que lo vea. Falta que vea que dice un sugerente "te gusto?" y ahí cuando lo vea, te va a dar un beso enorme y todo lo que fue una mierda, todo lo que tuviste que pasar por ese pin de mierda se va a disolver en un segundo, en un beso. Lo toca. Te pregunta: "¿es un pin?". Le respondes "¡No lo veas enfrente mío!" y te vas corriendo para el patio.

Volves. El fue a buscar su bufanda, se la esta poniendo. Te acercas por tercera vez (sin contar la del baño) y lo miras con cara de ¿lo viste?. No te dice nada. No dice nada. Te hartaste. Le decís que lo mire. Te alejas un poco. Se ríe. Se ríe de una manera tonta, parece como si no se riese de vos sino no sé... de la situación. O queres creer eso para no fulminarte contra el piso, para no llegar a un colapso histérico. Se acerca (como Barney), bajás la mirada y cerrás los ojos. Te pregunta: "¿de dónde sacaste esto?". "No importa, ya fue". Lo mirás y ves que se muerde el labio inferior, no entendes. ¿Es que le gusto o simplemente que se contiene la risa? "yo soy de hacer este tipo de cosas...". Ya está. Se reflejó en mi. ¿será bueno eso? ¿suma puntos? Sigo con los ojos cerrados, mirando el piso. De vez en cuando lo miro pero su mirada me intimida. Sigo diciendo en vos baja "No importa, ya fue, no importa". Me pregunta si se lo puede llevar, le digo que es un regalo. Viene su amiga y le dice que se van. Me alejo. Me pongo a bailar muy tranquilo. Miro el piso. Me tiemblan las piernas. Veo de reojo que todavía está atrás mío. Camina de un lado para otro, como un teletubbie. Ahora me da ternura. Tengo ganas de abrazarlo. Tengo ganas de besarlo, de hacer cucharita, de comprale chocolates y cantarle canciones al oído. Desaparece.

Se fue. Soy un boludo.

jueves, enero 04, 2007

Mar del Plata on fire

Marta se abanica con el crucigrama. Jorge le pasa un mate a la gorda que lo chupa con una intensidad descomunal, lo revuelve como si fuese una cacerola y se lo devuelve a Jorge. Jorge mira el mate con cara de asco. La superpoblación de sombrillas hace imposible una mirada virgen del mar y de los hijos de Jorge y Marta, que seguramente andan robando churros entre las sombrillas vecinas o metiéndose en el mar, mientras nadan entre pañales y pedazos de barbitúricos utilizados por los jóvenes la noche anterior para inyectarse. Porque a la noche, los pibes después de chuparse unas cuantas birras, se meten en la playa todos drogados (y cuando digo todos, es todos, desde la puntita de los dedos de los pies hasta el último pelo de la cabeza) y dejan toda esa mierda en la Bristol. Cuando amanece son los tipos que juntan la basura los que tienen que arrastrarlos hasta la rambla. Con eso pierden toda la mañana, de las seis a las ocho, porque a las ocho ya vienen los guardavidas y las señoras mayores que empiezan a aparecer con las sombrillas, la canasta con el mate, las galletitas de arroz, los sobrecitos de mermelada que se roban del hotel y un taper con lo que sobró de la comida de ayer en ese restoran tan paquete. Son ellas las que divisan a los jovencitos tirados en la rambla, todos drogados. Los pendejos esos se besan entre ellos, hombres con mujeres, mujeres con mujeres, hombres con hombres, les da lo mismo dice el churrero mientras le vende media docena de bola de fraile a una pareja de ancianitos que le contaban que habían visto a dos pibes teniendo relaciones en la escollera. El Ricardo estaba escuchando al Baby y estaba meta sacar pescados cuando nos dimos cuenta que a tres piedras de nosotros una chica estaba dale que dale con un flaquito, nos reímos, mira el pibito, con la cara de boludo que tenía. El churrero agarró los $2,50 de la vieja, le hizo una sonrisa complaciente y siguió su camino. La gitana lo choca, lo mira fijo y le dice ia va a ver vó, una maldició va a caé sobre vó, no esperé ni un día eh y sale puteando en un idioma que ni su madre entiende. El churrero también la putea porque la tradición nacional lo amerita. Vieja de mierda, hablame en castellano si te la bancas, forra. La concheta que se estaba poniendo Hawaian Tropic en las piernas mira al churrero con cara de culo y le dice al novio, un negro pijón que no tiene donde caerse muerto, que le pase la pantalla solar por la espalda. Julito, no vengamos más a esta playa, yo te dije que iba a ser una negrada. Julio termina de pasarle el bronceador por la espalda, le da un beso en la boca y mira el orto de una veterana. La veterana se da cuenta, porque toda vieja medio turra va a la playa con bikini para levantarse pendejos o viejos que están más para el arpa que para la guitarra. ¿La viste Pili? ¡cómo se mantiene la vieja!. ¿Qué vieja? Pregunta Pili y pasa de hoja la Viva. No, dejá, dejá. Y el negro pijón sale corriendo hacia el mar para enfriarse un poco con la costa atlántica. En eso ve una figura chiquita que corta el horizonte pero no le da bola porque tiene otras prioridades como encontrar a la veterana y hecharse un meo. Cuando está en la parte más placentera del meo, en ese momento donde se siente que el líquido calentito se junta con el agua helada del mar, algo le golpea en las piernas. Un pibito de unos ocho o nueve años. Bien boludo te tragaste toda mi meada. El pibe sale corriendo de vuelta contra las olas y de nuevo se choca contra otra persona o con otros pibes. Los pendejos conforman una bola de niños casi ahogados y frenéticos que una y otra vez vuelven a hacer lo mismo sin importarles los meos, los pañales, las jeringas, los papeles de alfajor ni nada. Los pibes de la playa son una secta maquiavélica de niños histéricos que corren entre las sombrillas, golpean a los ancianos, llenan de arena a las cincuentonas que quieren broncearse para disimular las estrías, pegándoles la arena en el factor 40 que las señoras utilizan para que no se le hagan manchas en la piel. Son los pibitos los que se pierden y es el boludo del guardavidas el que tiene que subirlos a los hombros y hacer aplaudir a dos o tres nabos que siempre los hay para que el pendejo de mierda deje de llorar porque estuvo una hora dando vueltas entre las sombrillas en un estado de éxtasis sobrehumano. Pero los momentos importantes del guardavidas, cuando él tiene que mostrarse como el cuidador y regulador de esa democracia veraniega, es en el momento del salvataje. El guardavidas está parado en su garita y de ahí maneja la playa: los chicos que se pierden, los ahogados, flaco dónde hay un baño, sabes dónde puedo sacar para el agua caliente. El guardavidas todo lo sabe y todo lo ve y, como un buen presidente, reconoce que el despotismo sería inútil y contraproducente para su gestión. Pensando en estas cosas estaba Rodrigo, quizá por el aburrimiento de estar desde las ocho sentado en esa silla, quizá porque el calor ya le estaba quemando las dos neuronas que le quedaban después de haberse metido tantas anfetas en su época de gimnasio, cuando ve que en el horizonte había unos cinco o seis puntitos. Llama a un pibe, lo hace subir y le pregunta si él estaba flasheando o qué. El pibe le dice que no, que había unos cuantos puntitos en el horizonte. Deben ser de la marina, no te hagas drama y lo baja porque el pibe ya se ponía insoportable.

viernes, agosto 25, 2006

El niño iluminista

Al final un sabor amargo en la boca. No fueron los tres cigarrillos que me fumé en tu presencia, fue algo que me dejaste vos pero que todavía no podés comprender. Podría escribirte una carta que empiece “Querido niño iluminista” pero me gusta más traspasar los sentimientos por la masa enferma y caótica de la literatura. Pero claro… eso tampoco lo podés entender. Todavía no podés entender lo que es estar quebrado. Lo estás pero todavía no encontraste el lugar exacto de ese hueco, no lo descubriste en tu cuerpo.
Nos vimos dos horas, hablaste mucho y, para mi asombro, te escuché en una quietud casi psicoanalítica. Y justamente de eso es de lo que estoy hablando y, a la vez, no. Estoy hablando de mi falta, de mi temor, mi gran temor que sé que sabés dónde se encuentra. Pero ¿Vos? ¿Dónde está tu temor? Hablaste mucho pero lo único que me dijo esa charla de dos horas sobre Susana Giménez y el primer disco solista de Yorke, lo único que me dijo esa charla en donde me refregabas cuanto sabés de cine y de música (como si yo fuese un profesor al que le tenés que rendir cuentas) es que estás completamente solo, que sentís en el cuerpo una hinchazón que no sabes controlarla, que necesitas llorar, gritar, patalear, amar, odiar, pero que tenés miedo de que todo eso te lleve a la locura. Yo también tengo miedo. Pero cómo explicarte ese hueco que es sólo mío e irreproducible en palabras, cómo regalarte lo que no puedo decir, lo que no se puede ver. Pero esto no lo vas a entender todavía, quizás en un tiempo largo, cuando descubras que todos tenemos un hueco, que todos estamos astillados.
Sos muy inteligente, y lo sabes. Pero al hueco no lo descubre el intelecto, no es tan fácil decir “acá está”. El hueco duele en el cuerpo. No existe ningún algoritmo que te salve, no hay fundamento posible. Pero no te puedo explicar más. No quiero prevenirte de nada, no quiero pervertirte tampoco. Vos vas a trazar tu camino así como yo voy a seguir trazando el mío. A veces me gustaría que hables de vos y no de tus conocimientos, a veces me gustaría que no te sientas incómodo en esos momentos que nos quedamos callados. Entiendo tus escapes de niño iluminista porque yo también fui uno de ellos, también fingía ser cool como fingís vos. Hablaba con términos académicos de Miranda!, quería a toda costa caerle bien a todo el mundo. Ahora ya ni me interesa. Perdí todo: creo que casi soy nadie. La cabeza también la perdí, me subieron al patíbulo y quedé acéfalo. Espero que algún día puedas entender lo desesperante que es pasarse la vida buscando objetos inexistentes. Yo no interesa ahora. Me interesas vos, me interesas porque te quiero (en las dos acepciones: afectuosamente y como objeto).
Es simple… Dejemos todo, no nos tratemos de cuidar de nada, despojémonos de la hermenéutica, de las razones, de los sin sentidos. Veamos una puesta de sol y miremos la puesta de sol como lo hace todo el mundo. Juguemos a ser tiernos, sinceros, odiosos, charlatanes, serios, mugrosos, limpios, temiblemente buenos, deliciosamente malos. Vas a ver que todo va a salir bien, de alguna forma todo va a salir bien.

sábado, agosto 12, 2006

En entrega

Él se entregó al sueño y el sueño lo entregó a él. Eran las tres de la tarde pero estaba oscuro. Él estaba inconsciente en el hospital pero podía recorrer las calles y charlar con Pato, su gran amigo, que para festejar el cumpleaños de él sacó un pato de su bolsillo y se puso a leer una poesía. Inconsciente en el hospital estaba pero el sueño lo entregaba y él también se entregaba a este y entre tantas entregas, él no sabía donde estaba. Su cuerpo no podía ser el que estaba inconsciente en el hospital pero tampoco el cuerpo de él era el que estaba con Pato que ahora trataba de regañarlo mostrándole una foto de Janis Joplin desnuda. Él estaba en un recital de Woodstock y no lo sabía porque los alucinógenos eran tan fuertes que se pensaba inconsciente en un hospital o con Pato que ahora guardaba la foto de Janis Joplin y descosía una camisa para regalársela a su abuela. Pato decía que las cosas iban y venían y él se imaginó en un bote inconsciente en el hospital cantando Cry Baby con Pato que sacaba un pato de su bolsillo y se ponía a leer una poesía. Pero se dio cuenta que Pato era ficticio porque por más que le digan Pato, Pato nunca se aficionó por los emplumados animales. Y sí Pato era ficticio podría llegar a ser que él también fuese ficticio en ese lugar donde estaba con Pato o en cualquier otro lugar susceptible de ser habitado por alguien. Pero quién sabía si ese lugar en el que estaba él era un lugar susceptible de ser habitado por alguien o era también un lugar ficticio.
Como el narrador se quedó sin lugares, sin personajes y sin cuento va a pasar a contar historias personales de su vida. Mejor no. El cree que es un acto aburrido y grosero para el lector entusiasmado con la historia de él, Pato, los lugares, los pasajes y él (el narrador, señora, no él) cree también que este cuento servirá para que los intelectuales academicófilos puedan decir empuñando el dedo índice y moviéndolo hacia los costados como símbolo de reprobación: “esto es pura chabacanería, es un robo a Cortázar señores, es un robo a Macedonio, es un robo a....” y que lo tilden de posmoderno, posmelodrámatico, posromancatológico y esas palabras pos- que usan ahora los intelectuales. Si hay alguien demasiado pos soy yo, porque siempre postergo, es decir: me pueden encontrar después del “por lo tanto”. Y si hay alguien demasiado muerto (después de que un alemán nos anunció la muerte de dios, un italiano la de la estética, un francés la del sujeto) también soy yo porque, por suerte, nadie me conoce y puedo escribir cuantas sartas de idioteces me vengan a la mente. Ahora voy a tratar, en un esfuerzo sobrehumano, de seguir con la historia y tratar de llegar a un desenlace lo bastantemente comercial para que mi obra se venda en el exterior, sobre todo en Europa donde parece que a los escritores les va bien y ganan mucho dinero(fíjese el revuelo que armó ese tal Dan Brown).
Él tuvo que comprarse dos boletos de colectivo para viajar en el barco pero en el barco estaba inconsciente y también cantaba Janis Joplin, cosa que le parecía inaceptable a una persona de tal envergadura como él (el narrador quiere dejar esa palabra porque le parece lo bastante grosera y cómica como para hacer reír a un albañil, entonces le parece bien porque eso vende. El narrador se imagina una charla de dos albañiles:
-Che Cacho, este flaco escribió en-verga-dura
-¡jajaja! Decime cómo se llama el libro que ya me lo compró). Él prefirió conseguirse un trabajo y esperar a ganar un poco de dinero para irse en avión. Pero él ya estaba en el barco inconsciente en el hospital, cosa que le parecía un poco terrible para poder conseguir un trabajo excepto que fuese a trabajar de marinero retirado con una buena jubilación, cosa que también se consigue muy poco. (el narrador se da cuenta de que su potencial creativo está llegando a límites insospechados, se prendé un cigarrillo y deja reposar un poco los dedos sobre el teclado esperando que alguna musa salvadora lo rescate del embrollo en donde se metió, parece que la musa no viene...). Él, que ahora era un marinero y que ahora se llamaba Christopher, estaba inconsciente en el hospital (del barco). Pato le había llevado un pato por su cumpleaños y se había puesto a leer una poesía. Christopher se enojo por la mediocridad de esa poesía, sacó su espada y mató a Pato. Salió corriendo del hospital, cruzó la calle y al grito de “¡¿dónde está el capitán?!” mató a una parejita que se estaba besándose en la plaza san Martín. Lo metieron preso y decretaron que estaba mal del coco. Lo llevaron a un manicomio en Puerto Rico, lugar donde abundan los cocoteros y los vendedores ambulantes.
-Me parece que el final es medio barato- le dijo el narrador a un amigo- pero la verdad, ya me tenía por las pelotas que él nunca esté en ningún lugar y en todos al mismo tiempo.-
Estimados lectores, este es el final de la historia del narrador y su historia de Christopher, Pato, los cocoteros y un barco que tenía un hospital adentro (y parece ser que una ciudad también). Los dejo porque ya el sueño me está atrapando.